Bienvenidos a Psicología de Vida

A través de este blog quiero compartir conocimientos y experiencias sobre la mente, el comportamiento y el sentir humano. Lejos de tecnicismos y diagnósticos psiquiátricos, me centro en la vida misma, en los condicionantes que influyen día a día en la felicidad o infelicidad de cada uno de nosotros. Para ello me baso en mi experiencia clínica en la consulta, en mi pasión por seguir formándome y aprendiendo cada año, cada día; en numerosas investigaciones que he contrastado; y cómo no, en mi experiencia personal. Mi objetivo es aportar y compartir. Mi deseo, poner en tus manos herramientas para ser más feliz.

domingo, 29 de abril de 2012

LOS LÍMITES DE LA MEDICINA


  Desde que en 1929 Fleming descubriera la penicilina como primer antibiótico contra enfermedades, los avances de la MedicinaOccidental han salvado millones y millones de vidas. Podemos dar innumerables ejemplos de los “milagros” de esta disciplina. Quizá uno de los más llamativos sea el infarto de miocardio:
  
           Una paciente llega a urgencias en el umbral de la muerte, pálida, casi sin respirar y con un dolor insoportable en el pecho. El equipo médico, guiado por años de investigación puntera con miles de pacientes, sabe perfectamente el procedimiento: en cuestión de minutos la entuban, el oxígeno entra por sus fosas nasales, un fármaco le dilata las venas, otro le frena las pulsaciones, una dosis de aspirina evita nuevos coágulos y morfina para el dolor. En cuestión de diez minutos le han salvado la vida: habla con sus familiares y hasta sonríe. Realmente espectacular.

   
           Y estos resultados rápidos y milagrosos de la Medicina han pretendido extrapolarse a todos los problemas o necesidades del ser humano. Existe un fármaco para absolutamente todo. Desde un analgésico para un simple dolor de cabeza, hasta un fármaco que potencia el bronceado solar de la piel.

           Pero ¿realmente la Medicina Occidental tiene soluciones para todos los problemas de salud?

         A veces la firme confianza en que sí, nos hace buscar ese “milagro farmacéutico” no sólo ante problemas físicos, sino cuando hay un sufrimiento emocional. Se busca la pastilla mágica que, sin necesidad de esfuerzo personal, resuelva el problema. Tristeza por un obstáculo acontecido, nerviosismo, ansiedad, estrés. Sólo es necesario una cita con el médico de cabecera y expresar el malestar padecido para obtener la receta de cualquier ansiolítico o antidepresivo. Y quizá el alivio de los síntomas no se haga esperar.
  
            El problema viene cuando meses o años más tarde, el organismo ha desarrollado la tolerancia al fármaco y los efectos beneficiosos han disminuido o incluso desaparecido. La persona evidencia más que nunca que ha sido incapaz de afrontar su problema, que ahora le parece más grande por el paso del tiempo. Se siente dependiente de ese puñado de pastillas, sin un atisbo de confianza en sí misma.


      
            A menudo, además, el malestar emocional se amplía al plano físico: contracturas, dolores o inflamación. La explicación está en la íntima conexión entre el cerebro emocional y el sistema inmune que defiende el organismo: parece que cuando nuestro estado de ánimo se rinde, también lo hacen nuestras defensas. Las dolencias físicas quizás serán tratadas con nuevos fármacos y limitarán también la actividad habitual de la persona, acentuando su malestar y atrapándola aún más en su problema.

            Sin embargo, afortunadamente cada vez son más las personas y los profesionales sensibilizados con el “uso racional” de los fármacos. Conscientes del marketing de la gran industria farmacéutica y con una visión más crítica e inteligente. Apuestan por resolver la raíz del problema y no sólo aliviar temporalmente los síntomas. Deciden confiar en los propios recursos personales y afrontar de cara las dificultades. Con ayuda terapéutica o sin ella, descubren que la verdadera clave de la curación está en nuestro interior.




            Así lo demuestran numerosas investigaciones científicas que señalan la importancia de potenciar la defensa natural y el desarrollo de los recursos propios de afrontamiento. En palabras del investigador científico Joe Dispenza disponemos de una Inteligencia Superior mucho mayor de lo que pensamos,

            “Es la misma inteligencia que hace que nuestro corazón lata en este momento. Nuestro corazón bombea siete litros y medio de sangre por minuto, más de trescientos treinta y ocho litros de sangre por hora, late cien mil veces al día, cuarenta millones de veces al año y más de tres mil millones de veces en una vida. Bombea constantemente sin que tengamos que pensar en ello conscientemente. Si consideramos eso vemos que hay un orden, que hay una inteligencia que nos da vida, que mantiene el latido de nuestro corazón. Es la misma inteligencia que digiere nuestra comida, que la descompone en gases y nutrientes y la organiza para reparar el cuerpo. Todo ello sucede sin que lo pensemos conscientemente”.

            Confiar y  conectar con esta Inteligencia Superior que nos habita se convierte en la clave para potenciar el bienestar de nuestro cuerpo y mente… Parafraseando a Dispenza:


                “Cabalgamos a lomos de un Gigante… 

                                                         ...sólo tenemos que susurrarle al oído”.



             



         Una de las múltiples formas de potenciar la propia fuerza de curación, es la técnica de "visualización". Las personas interesadas en practicarla, pueden descargar gratuitamente este audio. Recomiendo oírlo con auriculares al menos 1 vez al día durante 3 semanas. Se trata de una nueva versión que he elaborado de la Técnica “Confío en mí”. Para acceder, hacer click en el siguiente enlace:

 http://www.monicaferrera.es/Enlaces_de_interes.html




Nota: Dedico especialmente este artículo a mis amigos médicos y psiquiatras con los que he tenido la fortuna de compartir conocimientos y experiencias. Una misma labor nos une: la sanación del sufrimiento humano.
           

           
             


martes, 10 de abril de 2012

SANAR EL DOLOR

        El dolor es posiblemente una de las experiencias más compartidas universalmente. 

         Junto con el miedo, la ira y el placer (descritos en artículos anteriores de este blog) el dolor es una de las cuatro emociones primarias. Saber aceptar y sanar el dolor se convierte en un aprendizaje indispensable para evitar el sufrimiento innecesario en la vida.

        En el plano físico, el dolor es una sensación desagradable que funciona como mecanismo de protección de nuestro cuerpo. Pensemos, por ejemplo, en el dolor que sentimos cuando mantenemos durante largo tiempo una misma postura corporal: gracias al cambio de posición motivado por el dolor preservamos los músculos y huesos que de otro modo resultarían dañados. De hecho, la enfermedad de “insensibilidad congénita al dolor” acorta drásticamente la vida de las personas afectadas.

        En el plano emocional, el dolor también es una señal: nos indica que algo que sucede en nuestra vida es diferente a lo que deseábamos. Y por ello, sufrimos. Quizá, por ejemplo, deseábamos vivir por siempre con una pareja amada, que un día nos abandonó, hiriéndonos profundamente.

        Pero, ¿cómo sanar las heridas?

                                            

        Puedo afirmar que todas las personas a quienes he  tenido la oportunidad de conocer de forma más cercana tenían algo en común: en algún momento de sus vidas algo les hirió profundamente. Posiblemente en su niñez no percibieron ser suficientemente amados, o valorados; quizás algún familiar cercano murió dejando un gran vacío, o tal vez el primer amor les traicionó duramente.

        Toda pérdida o herida profunda viene seguida de un proceso de “duelo”. La palabra duelo viene del latín dolus: dolor. Y en este sentido, la única forma de salir del dolor es atravesarlo. Frente a una herida dolorosa, podemos decidir desinfectarla, a pesar del escozor; o al menos cuidar que no se infecte para que cicatrice cuanto antes; pero no podemos hacer que desaparezca por arte de magia, sin que quede la cicatriz.

        Además la cicatriz de una herida profunda siempre va a permanecer en nuestra piel, pero cuando la tocamos, ya no sangra. Igualmente cuando atravesamos un proceso de duelo, jamás lo olvidaremos, pero ya no nos duele. Desgraciadamente, nuestra memoria guarda mucho más tiempo los recuerdos dolorosos que los felices.

       Sin embargo, algunas heridas pueden permanecer abiertas y dolientes durante largos años y es necesario entonces detectarlo para completar el proceso de duelo. Sucede cuando se sueña a menudo con el suceso doloroso a pesar de que haya pasado mucho tiempo, o cuando se recuerda prácticamente a diario lo ocurrido provocando una tristeza profunda, o incluso cuando se teme emprender algo, como un nuevo amor, por miedo a sufrir nuevamente. En esos casos la herida muestra estar aún abierta, y de esta forma se sufre mucho más porque el dolor se prolonga indefinidamente en el tiempo.

        Otras formas de alargar el sufrimiento es soportar una situación dolorosa por miedo a un dolor que sería más profundo pero más corto en el tiempo. Pensemos en una persona que soporta las infidelidades de su pareja porque piensa que el dolor de abandonarlo sería insoportable. Seguramente en su relación dolorosa se alternarán momentos de esperanza que no harán sino perpetuar la resistencia a dar el paso de romper la tormentosa relación. Este caso nos sirve de ejemplo para diferenciar los dos tipos de dolor; observemos la siguiente gráfica:



        El dolor curativo (o constructivo) sirve para sanar una herida y empezar a construir el presente y el futuro. Es más intenso pero mucho más corto en el tiempo (en el ejemplo, sería el duelo después de renunciar a la relación dolorosa).

           El dolor destructivo es un sufrimiento que debilita y destruye poco a poco a la persona sin conducirla a una sanación. Puede ser indefinido, por tanto se trata de mucho más dolor (en el ejemplo, sería soportar la relación de infidelidad).


        De este modo, el dolor constituye una señal muy valiosa.  Nos muestra una necesidad de movilizarnos en la vida: tal vez a aceptar una pérdida y sanar la herida para continuar el camino;  o quizás para reconducirnos hacia la felicidad que realmente anhelamos.


                                                                                          
    


domingo, 18 de marzo de 2012

EL PLACER COMO ENEMIGO: LA TENTACIÓN

          Gracias al placer y a su búsqueda instintiva, disfrutamos del buen comer, del sexo, de la música o el cine;  y, en otro orden de cosas, del placer de amar, de sentirse amado, del éxito y reconocimiento social,… y un largo etcétera. La búsqueda de placer y su disfrute es el condimento que puede hacer de la vida una aventura exquisita. En su diversidad de manifestaciones, como la alegría, el deseo, la pasión,… el placer es una de las cuatro emociones primarias (junto con el miedo, el dolor y la rabia); y su gestión es crucial para desarrollar nuestra Inteligencia Emocional como clave del éxito y felicidad. (Remito a artículos anteriores de este blog para ampliar información).


    Sin embargo, volverse incapaz de gestionar esta emoción puede convertirnos en “Esclavos del placer”. Esta falta de libertad puede tornarse en ansiedad por consumar el placer de que se trate, bien el sexo, las compras, el juego, Internet… Hablamos entonces de las “Adicciones”.

        No obstante, sin llegar a la patología de Adicción, para analizar el “placer como enemigo”, voy a detenerme en  una de las actividades placenteras más comunes: “el placer de la comida”.

          
COMER ES UN PLACER…

       Desde un punto de vista biológico, la sensación de hambre es una alarma que indica la necesidad de nutrientes en el organismo. Comer en esos momentos constituye un alivio placentero que sacia y equilibra esa necesidad.

       Pero este mecanismo biológico basado en “comer como necesidad”, ha evolucionado y se ha transformado (sólo en el primer mundo, ¡claro!). Es decir, generalmente, no comemos por necesidad, sino que comemos por placer.

         Me ha parecido interesante reflexionar en este tema, ya que vivimos en una sociedad en la que impera el culto a la belleza de la estética y la esbeltez. ¿Quién no ha hecho dieta alguna vez?

         Y quien haya hecho dieta restrictiva, habrá podido sentir que el hecho de prohibirse ciertos alimentos, no hace sino aumentar el deseo por ellos. Sin embargo, la persona puede ser capaz de controlarse ascéticamente en una dieta estricta, nada placentera y sin apenas calorías. Podrá reprimir su impulso de placer día tras día, e incluso sentirse victoriosa por vencer a su propia naturaleza. Sin embargo, su deseo cada vez puede volverse mayor… y más incontrolable. Es común en este proceso antinatural que la persona se vuelva triste e irritable, en el enérgico intento de contener su impulso.


LUCHAR CONTRA NATURALEZA ES, ANTES O DESPUÉS, UNA BATALLA PERDIDA...

        En algún momento el control bajará la guardia y, seguramente,  sucumba la tentación de un chocolate, una galleta o cualquier otro manjar. Y una vez que la voluntad cede al pequeño placer prohibido, la sensación orgásmica del disfrute nos hace  vulnerables… y en ese punto es muy difícil parar. Como dice la vulgar expresión, “de perdidos, al río”… de una onza de chocolate puede pasarse al atracón de la tableta, o del paquete entero de galletas… Como si se tratara de una posesión demoníaca que hace perder el control. En palabras de Oscar Wilde:


     <<La única forma de vencer la tentación es entregarse a  ella>>




        Después de disfrutar este orgasmo prohibido, la culpabilidad y la frustración se adueñan de la persona, quien se impondrá: “No puede ser; a partir de ahora debo controlarme más”. Su percepción de autocontrol se va mermando; y a la misma vez su autoestima y estabilidad emocional. De esta forma, la persona va quedando, poco a poco atrapada en una lucha contra su propia Naturaleza, ya que, parafraseando a San Agustín:


                            << Nadie puede vivir sin el placer>>


          El error, por tanto, radica en que la mayoría de las dietas se basan en la idea de control y sacrificio, cuando en realidad la relación que nos une con la comida es la  búsqueda de placer como instinto natural. Sin duda hay personas con gran voluntad que logran su objetivo de perder peso, pero raramente este objetivo se mantiene en el tiempo. Más al contrario, pueden recuperar el peso perdido e incluso más, ya que no han aprendido a gestionar la clave: el equilibrio sano del placer de comer. 

          Más allá de este ejemplo de la relación con la comida, se establece la necesidad de gestionar y canalizar la emoción del placer, y no reprimirla. El control excesivo, es justo lo que hace perder el control. El equilibrio se haya en permitirse el placer en su justa medida.


          "Por tanto, la búsqueda del placer, en todas sus manifestaciones (alegría, pasión, disfrute), y la sabiduría de su gestión, es necesaria para lograr una vida estimulante y plena. También al contrario, saber detectar la ausencia de placer, cuando la vida se torna insípida y sin pasión, es imprescindible para reconducirla hacia nuevos caminos más alentadores y placenteros…"

         El cine nos muestra en esta estupenda película, un ejemplo de la importancia de permitirse y buscar el placer como camino hacia la Felicidad. Adjunto el trailler e invito a verla a quienes les interese profundizar e inspirarse...


Bon Appétit!

domingo, 4 de marzo de 2012

LA RABIA

       Constantemente, en nuestro cuerpo físico sentimos distintas señales naturales, tanto agradables como desagradables que nos hacen actuar en una determinada dirección. Así, la sensación de hambre, nos incita a alimentarnos; el frío nos anima a abrigarnos o el dolor nos dirige a buscar alivio. Igualmente, en el plano emocional, podemos sentir diferentes sensaciones, agradables o desagradables, que también forman parte de nuestra naturaleza. Podemos considerar cuatro sensaciones primarias: el miedo, el dolor, el placer y la rabia. Aceptar como naturales estas emociones primarias y gestionarlas de forma adecuada nos ayudará a desarrollar lo que denominamos la Inteligencia Emocional, imprescindible para nuestro bienestar en la vida. Dedicaré el artículo de hoy a una de las emociones primarias: la rabia. 
(Remito a lectores interesados a visitar artículos anteriores en este blog sobre la Inteligencia Emocional “Una clave para el éxito: la Inteligencia Emocional”; y al análisis del miedo, otra de las emociones primarias: “Cuando la sombra del miedo te persigue”).



¿QUÉ ES LA RABIA?

      Desde una perspectiva evolutiva, la rabia es la emoción primaria encargada de desencadenar la respuesta de auto-defensa cuando nuestros derechos corren peligro. Imaginemos una madre osa que caza para alimentar a sus crías, y de repente observa cómo un intruso roba el alimento: la respuesta de rabia pondrá en marcha la defensa del alimento de sus crías.
Volviendo a la especie humana, el enfado, la cólera, el odio, el resentimiento, el rencor, o la furia son distintas manifestaciones de esta emoción primaria. La rabia puede establecerse en dos dimensiones: hacia uno mismo o hacia los demás. Así, por ejemplo, cuando cometemos un error que tiene consecuencias fatales nos enfadamos con nosotros mismos, y cuando otras personas nos ofenden, sentimos violado nuestro derecho al respeto y nos enfadamos con los demás.


LA RABIA QUE DESTRUYE

          La rabia descontrolada hacia los demás puede romper relaciones para siempre, incluso cuando se trata de lazos familiares. La rabia descontrolada contra uno mismo puede propiciar que la persona se estanque en su propia culpabilidad.

       Cuando esta emoción no se gestiona y se mantiene en el tiempo, puede llegar a tener consecuencias físicas. Autores, como Louise L. Hay, han demostrado que personas con tendencia a autoinculparse o a acumular odio y resentimiento tienen más probabilidad de padecer enfermedades como el cáncer, la artritis, o problemas de hígado y de páncreas.



GESTIONAR LA RABIA: DE LÍMITE A RECURSO.

           Las cuatro emociones primarias forman parte de nuestros instintos más impulsivos y nos conectan directamente con nuestra naturaleza animal. Se desencadenan en la parte más primitiva e interna del cerebro. Lo que distingue a la especie humana de la animal es precisamente el cerebro más externo, la parte racional, llamada “corteza cerebral”. Gestionar la rabia consiste, a nivel cerebral, en conectar nuestros impulsos emocionales con nuestro razonamiento, es decir, conectar nuestro cerebro primitivo con el evolucionado o racional. No es raro, en este sentido, que digamos parecer animales cuando nos dejamos invadir por la rabia y no entramos en razón.

       Sin embargo, la forma de gestionar la rabia no es conteniéndola. Imaginemos un caudaloso río que provoca continuas inundaciones. En lugar de construir diques cada vez mayores que podrían romperse y provocar mayores destrozos, la solución es construir canales que puedan conducir el agua sin destrozar nada. Se trata entonces de canalizar la rabia, para que no nos destruya.


UN EJEMPLO

       <<Imagina que llegas a casa tras una dura jornada de trabajo y encuentras que tu pareja ha olvidado comprar el pan. Este olvido podría estimarse insignificante, si no fuera porque lleva días como ausente, cumpliendo a duras penas con su parte de tareas del hogar, muy pensativo y sin apenas hablar. Y piensas: “Lo que faltaba, después de los problemas que tengo en el trabajo”. Se respira tensión en el ambiente, pero todo el almuerzo transcurre en silencio. Debes salir a una reunión en la tarde, y te despides con un frío beso que apenas roza sus labios. Cuando llegan las 8 de la tarde, ansías por fin regresar a casa, pero al llegar encuentras una nota sobre la mesa “He salido a tomar algo con mis amigos del gimnasio, vendré después de cenar. Te quiero”. Y piensas “¿Que me quieres? ¡Si sólo piensas en ti!”Tu rabia va en aumento, te sientes a punto de estallar. >>

        Canalizar la rabia en este caso implica, como primer paso, evitar la acumulación de pequeñas tensiones que pueden acabar en una explosión de ira. Para ello, es necesario escoger un momento propicio para comunicarse cuanto antes con la pareja, intentando expresar con claridad la situación y los propios sentimientos, sin acusar al otro, desde una actitud que busque la resolución del conflicto.

         Cuando la rabia se ha acumulado en forma de odio hacia otras personas, o hacia nosotros mismos, existe un ejercicio asombrosamente eficaz para hacerla fluir. Se trata de coger un bolígrafo y papel, y escribir una carta expresando toda la rabia sentida. Al expresar por escrito las emociones, se conecta directamente el cerebro primitivo (donde nace la rabia) con el cerebro racional (que formula la narración). Es curioso sentir cómo después de escribir, el odio y la rabia disminuyen, la mente se aclara y da luz a puntos de vista que no había observado antes.

    Aceptar la rabia como emoción natural y aprender a interpretarla y  canalizarla se convierten entonces en magníficas herramientas para establecer relaciones respetuosas y flexibles, tanto con uno mismo como con los demás.





domingo, 19 de febrero de 2012

UNA CLAVE PARA EL ÉXITO: "LA INTELIGENCIA EMOCIONAL"

          Prácticamente todas las personas realizan en algún momento de su vida un Test de Inteligencia; ya sea en la escuela o en alguna prueba de selección laboral. El Test de Inteligencia mide un nivel llamado popularmente Coeficiente Intelectual, aunque es más correcto el término Cociente Intelectual. El nivel medio establecido como resultado de esta prueba es de 100 puntos, con una variación por debajo o por arriba de 15 puntos. Se considera una persona superdotada cuando alcanza 130 puntos, y déficit intelectual cuando ronda los 70. Sin embargo...



          ¿SON LAS PERSONAS CON UN COCIENTE INTELECTUAL MÁS ALTO LAS QUE TIENEN MÁS ÉXITO EN LA VIDA?

          Los datos afirman rotundamente que no. De hecho todos hemos podido comprobar cómo personas aparentemente inteligentes, o de alto rendimiento académico no tienen éxito o no les va bien en la vida. Sin embargo, otras personas con un nivel de Inteligencia medio, o más bajo, son capaces de gestionar adecuadamente su vida, son más felices e incluso tienen más éxito laboral.


          La clave está en la definición de Inteligencia que se ha considerando hasta ahora. Los Tests de Inteligencia miden solamente las habilidades de una mitad del cerebro: el Hemisferio Izquierdo, encargado de funciones cognitivas como el vocabulario, las matemáticas, el razonamiento verbal, la memoria a corto plazo, el movimiento ocular y manual. Pero todas estas funciones no sirven de nada si no son gestionadas por la otra mitad del cerebro: el Hemisferio Derecho, encargado de las habilidades emocionales. Un ejemplo de esta afirmación es cuando un estado alto de tensión nerviosa nos bloquea la elaboración de un examen, dejando lo que se conoce popularmente como “la mente en blanco”. En ese momento, la parte emocional del cerebro inactiva la parte cognitiva.




          En el terreno animal, los científicos dicen que un animal es más evolucionado o más inteligente que otro cuando “se adapta mejor al ambiente”, y de hecho esta adaptación es lo que le permite sobrevivir. Este principio de adaptación al medio, trasladado al terreno humano, es el que garantiza a la persona el éxito y la felicidad. Se trata de personas con capacidad de motivarse a sí mismas, perseverar en sus metas a pesar de las frustraciones, controlar adecuadamente sus impulsos, regular sus estados de ánimo para impedir que bloqueen las capacidades cognitivas, y también,con capacidad para entender a los demás e influir en ellos con habilidades sociales. Todos estos aspectos son los que engloba el concepto Inteligencia Emocional.


                       DESARROLLAR LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

      Mientras que el estudio del tradicional concepto de Inteligencia, restringido erróneamente a las habilidades cognitivas, tiene una antigüedad de 100 años, la Inteligencia Emocional se estudia desde hace poco más de una década. Sin embargo, este término ha revolucionado hasta tal punto el entendimiento del éxito en la vida humana, que en más de 12 países ya se incluye como programa educativo en las escuelas. Desgraciadamente, no es el caso de España.

          Para empezar a entrenar la Inteligencia Emocional es importante entender un principio básico: todas las emociones tienen su utilidad y podemos progresar gracias a ellas. No existen emociones negativas, sólo podemos decir que son agradables o desagradables, pero todas nos indican algo que debemos resolver. Podemos hacer el símil del panel de control del coche, que gracias a las lucecitas que se activan nos indican que algo va mal en el vehículo y debemos resolverlo.

          Así, por ejemplo,  la emoción de la rabia nos indica que queremos poner límites a una persona o situación, y ahí está su utilidad, pero actuar inteligentemente implica gestionar esa rabia para resolver el problema. Opuestamente,cuando la rabia no se gestiona, puede dar lugar a explosiones tan descontroladas de ira capaces de romper para siempre una relación familiar o de pareja.

                            EMPEZAR: CONOCER NUESTRAS EMOCIONES


          Entendiendo el principio de “utilidad de las emociones”, para empezar a desarrollar tu Inteligencia Emocional  te recomiendo este ejercicio:


          Durante la próxima semana haz un registro diario con tres columnas. En la primera columna enumera las emociones que has sentido a lo largo del día: tristeza, alegría, miedo, enfado…; en la segunda, intenta identificar su posible utilidad en tu vida actual (quizás esto es lo más difícil, pero inténtalo) y finalmente, en la tercera columna, anota cómo has reaccionado ante la emoción.
Con este simple ejercicio, podrás comprobar cómo empiezas a entender las primeras claves emocionales para gestionar exitosamente tu vida: tu relación contigo mism@, con los demás y con el mundo…

          “Una vez más, te recuerdo: el éxito en tu vida, está en tus manos…”